12Sep

SE LLAMABA JOSEFA Y ERA MAYO…

AUTOR ANÓNIMO

Se llamaba Josefa Leonor pero decía llamarse Josefina, como su madrina de bautizo, aunque prefería ser nombrada simplemente doña Jose. Me enseñó a leer y escribir con un viejo «Libro Mágico» que compró en alguna librería de la calle de Donceles, en la Ciudad de México. Todos los días tenía una nueva lectura sobre la que conversaba y desde la que siempre le resultaba algún dato extraño o cientos de preguntas complicadas sobre las que no le cabía duda, habría qué leer más. Después de la lectura formaba sus teorías que parecían más haber venido de un libro de ciencia ficción que de uno de biología, religión o historia, que eran sus temas favoritos. Amaba también leer novelas de misterio y libros sobre los egipcios y los judíos. Devoraba todo lo que encontrara sobre mitos, leyendas y los secretos de las pirámides y Quetzalcóatl. También amaba a Nervo y García Lorca. Me enseñó a recitar con los versos de Bodas de Sangre, y era profundamente feliz cuando me escuchaba contar cuentos o cantar corridos y canciones de mi pueblo.

Un día, mientras yo actuaba en San Juan, ella se durmió para siempre, guardando en sus manos un ejemplar viejito de «Debe Amanecer» de Juan Sánchez Andraka, que fuera la primera novela que leí cuando era un jovencito que estudiaba la secundaria. Se fue llevando en su paladar los últimos tragos de una Coronita que me pidió antes de la despedida. Supe que había muerto por una llamada que llegó en el segundo en que estaba por subir al escenario, a cantar las canciones de José Alfredo y Cuco Sánchez que siempre acompañaron sus mañanas de trabajo y sus noches de nostalgia, entre pulque bueno y gordas de masa martajada con salsa roja picosita.

Ella era mi abuela. Fue mi mejor maestra, me enseñó a amar los libros, mi tierra, la música, y me fundó unas ganas inmensas de cantar para salvar la noche oscura. Era mi abuela, era mayo y era mi cumpleaños.

De muchos modos «nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos», pero sobrevive inalterable la esperanza, el ejemplo de mi abuela lectora y el recuerdo glorioso de días en los que me faltaban muchas cosas, pero abundaban las palabras, los libros, sus canciones y los mil modos del afecto de una familia que tuve en ella hace ya muchas lunas.

Mi cerebro comienza a “hacer agua por todas partes”, pero de a poco, voy juntando mis pedazos, y aquellos años siguen siendo fundacionales, porque lo mejor de lo que soy, se lo debo (en principio) a aquellas tardes bajo el cielo de mi pueblo, escuchando leer y platicar a mi abuela sentada frente al fogón.

No sé si puedan imaginar lo feliz que me siguen haciendo el ejemplo de doña Jose y el recuerdo de sus lecturas y sus charlas interminables sobre los mundos imposibles en los que su hábito con los libros le hacía construir, con lo mejor de sus sueños, el hambre larga con la que me nutrió las ganas de leer, de escribir y de vivir.

Nada se compara al placer y el orgullo de mirarla desde la memoria, con los mismos ojos con que la veía el niño que fui. Mucho de aquel flaco pueblerino sobrevive terco, aferrado a la vida, en este cuerpo que, aunque tambaleante, aún se sostiene de pie, y el bastón que ahora me acompaña, no es sino un “toque de abolengo” que he querido agregarle a esta adolescencia larga en la que comienzo a peinar canas y albergar cangrejos en mis huesos, pero resistiendo gracias al recuerdo.

A mi abuela la quiero mucho, más allá de su muerte y de mi vida; nada cambiará eso. Como tampoco cambiará ella en la alta distancia donde seguro continúa leyendo, platicando e inventando historias y siendo ella, la mejor, la más grande, la que una y mil veces me enseñó a soñar desde todo lo que fundó en mí con sus libros y su amor.

Hoy que ya es mayo, recuerdo a mi abuela y su legado; a mis amigos, espero verlos alguna vez por esta casa en la que cuando me asomo por la ventana y miro el cielo, veo a Mefistófeles alado cruzar el infinito azul en los lomos de un caballo que no deja de comer jardines y deponer pétalos de rosa y mar, para engalanar la mesa donde, desde el recuerdo, la vida sigue siendo posible.

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